De las chacras al convento fundacional
El origen de Recoleta no tiene que ver con la opulencia que hoy caracteriza a sus calles, sino con el recogimiento y la austeridad. Su nombre se lo debe a los monjes franciscanos recoletos, que a principios del siglo XVIII decidieron instalarse en lo que entonces era la periferia absoluta de la ciudad. Por aquellos años, el paisaje estaba dominado por chacras, quintas y barrancas salvajes que caían hacia el Río de la Plata.
La historia comenzó a cambiar en 1732 cuando, gracias a la donación de tierras de un vecino de la zona, los monjes inauguraron la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar. Este templo colonial, diseñado con líneas simples y muros blanqueados, hoy es el segundo más antiguo de Buenos Aires y funcionó como el verdadero núcleo fundacional.
La transformación de 1820 y el nacimiento del "París Porteño"
El paisaje apacible de la zona dio un giro drástico en la década de 1820, marcando el inicio de su gran transformación urbana. A través de una reforma eclesiástica impulsada por Bernardino Rivadavia, los monjes fueron expulsados y la huerta del convento quedó expropiada. En noviembre de 1822, ese predio se transformó en el "Cementerio del Norte" bajo la traza del ingeniero Prósper Catelin.
La identidad aristocrática se consolidó a fines del siglo XIX tras la epidemia de fiebre amarilla de 1871. Al refugiarse en el norte, la élite porteña reemplazó las quintas por palacios de inspiración europea, consagrando a la zona como nuestro inconfundible "París Porteño".